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En mi generación, en los  años cincuenta, había una gran pobreza,  pero había folios y daban de desayunar en los colegios públicos  porque en esa época , (con la ayuda americana),  nos daban queso y leche en polvo.

 

Creí que todo esto ya era historia en mi recuerdo pero, lamentablemente, acabo de saber que en un colegio público de Altea (Alicante), los profesores y en concreto una encantadora profesora que he conocido, hacen doble compra: para su consumo personal y para llevar a la clase que dirige de niños, muchos de los cuales acuden sin haber podido desayunar en sus casa.

 

Meritorio es que toda una profesora destine parte de sus propios ingresos para atender a sus alumnos, aquellos que lo necesitan. Pero triste resulta también que hoy, en nuestro siglo, y con una España integrada en Europa y con amplia estructuras políticas muy costosas, no seamos capaces de aliviar la necesidad más elemental de nuestros pequeños, de sus familias.

 

En esos momentos, cuando uno conoce la noticia, piensa en “¿qué puedo hacer?”.  Pero más allá del gesto inmediato, solidario y puntual, está la necesidad de exigir a nuestra sociedad, a quienes la dirigen, que esto no puede ocurrir, pues resulta un fracaso estrepitoso no poder garantizar los alimentos básicos de un niño y hasta su formación por falta de medios.

 

Me siento empequeñecido…

 

Cordialmente,

 

 

Enrique Cornejo

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